Tomado de: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-3956896
Autor: Juan David Posada
POR HUIR DE SU PADRE SE FUE A PELEAR UNA GUERRA QUE NO ERA SUYA AL OTRO LADO DEL MUNDO Vivir anclado a una guerra lejana de la que no se volvió a hablar
Por: JUATRU, JUAN DAVID POSADA G.
JUAN DAVID POSADA G.
Para EL TIEMPO A sus 75 años, Hildebrando Vélez Velásquez recuerda cada batalla y disparo de la guerra de Corea. Sus ojos brillan cuando dice repite el nombre de ese país. La emoción lo domina al relatar con datos precisos, apoyado en una memoria enciclopédica, cada segundo del año que permaneció en una guerra a la que llegó Colombia de carambola.
Se trataba de un conflicto bélico al otro lado del mundo entre las dos Coreas, del Norte y del Sur, que estalló en 1950 y fue atizado por potencias capitalistas y comunistas en su afán expansionista.
Cuando Hildebrando apenas tenía 17 años fue parte del batallón séptimo que apoyó a Corea del Sur, donde Colombia fue el único país latinoamericano que envió tropas, en nombre de la democracia, la libertad y bajo la batuta de Estados Unidos.
Vélez, se lee en la chaqueta de soldado, que al lado de banderas, escudos, medallas e insignias coreanas hacen parte del mayor orgullo de Hildebrando.
La sala de su casa está adornada con una espigada mujer blanca, de ojos rasgados y con facciones delicadas, pintada sobre un lienzo. Cuadros, banderas, escudos, libros, diplomas, porcelanas, sombrillas; son algunos de los elementos que desde cada esquina de su residencia recrean la cultura de este país oriental.
Pero Hildebrando nació en Betulia, en el suroeste antioqueño, en el seno de una familia tradicional, dueña de la jabonera más reconocida de la región.
Él y sus siete hermanos, crecieron bajo la dictadura de un padre conservador que lo trataba con dureza.
Era el año de 1952 y la guerra ya había empezado. Los abusos, castigos y maltratos de su padre, José Domingo Vélez, lo llevaron a escapar de su casa y a prestar voluntariamente el servicio militar.
No sabía dónde quedaba Corea Ante la pregunta de un comandante sobre qué soldados querían batallar en Corea, Hildebrando no dudo ni un segundo en asentir.
Lo único que yo quería era estar lejos de mi padre. Lastimosamente mi mamá, mis hermanos y mi novia sufrieron mucho por mi ausencia, aseguró Hildebrando Vélez, mientras a su memoria llega otro recuerdo de la guerra.
Antes de que el Barco General Balú, de la Armada de Estados Unidos, zarpara desde Cartagena hacia Corea, Hildebrando recibió un telegrama de su padre, maldiciéndolo y pidiéndole a todos los santos que lo mataran en la guerra por ser el peor hijo.
Entre puertorriqueños y estadounidenses, 217 colombianos viajaron durante un mes, atravesando el canal de Panamá y luego el Pacífico, hasta llegar a Yokohama, en el occidente de Japón.
Como Hildebrando, muchos de los 1.500 soldados que estaban en el barco, no tenían ni la menor idea de dónde quedaba Corea, ni mucho menos de los motivos para combatir. Lo único claro era el enemigo: chinos y coreanos del norte.
El soldado Vélez recuerda, como si fuera hoy, su llegada a Japón. Michiko es el nombre de la japonesa que despertó muchos deseos en él. La conoció en Yokohama, en la base militar donde lo alojaron por tres días.
Sus ojos picarones, su risa coqueta y la rareza de su belleza, me llevaron a conquistarla con señas porque ni yo hablaba coreano y ni ella español, relata el veterano.
Viviendo de los recuerdos En la memoria de Hildebrando aparecen ciudades como Búsan, Naktong y Seúl.
Cerros empinados como Old Baldy y Calvo. Momentos alrededor de bombas, esquirlas y campamentos, y anécdotas que su familia se sabe de memoria.
Una sonrisa se dibuja en su cara curtida cuando recuerda que en diciembre, en plena zona de combate, los chinos dejaban regalos con invitaciones a los colombianos a retirarse de la guerra entre los alambrados que dividían los campos de batalla. Pero ellos, con el adoctrinamiento anticomunista, batallaban sin piedad.
En Corea yo me convertí en una máquina de matar gente, afirma Hildebrando, mientras reconoce que no sabe a cuántas personas abatió.
Los fusiles y ametralladoras se silenciaron en 1953, luego de firmar un armisticio.
El único combatiente que no deseaba que la guerra terminara era yo: no quería regresar a mi casa, concluye Vélez, a quien la guerra solo le dejó heridas leves en sus piernas y manos producto de las esquirlas de una bomba.
En el cuarto más alejado de la casa está su mayor tesoro. Entre libros, medallas, gorras, uniformes, videos, fotografías, condecoraciones y cartas de importantes personalidades, Hildebrando Vélez reconstruye cada día su hazaña en Corea.
Juan David Posada